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Quién hubiera pensado hace años que en vez de aliadas serían enemigas. Banca y promotoras se han retroalimentado durante años porque la actividad de una dependía, en cierto modo, de la otra. Pero en momentos de crisis, prima siempre la ley de la supervivencia y ambas juegan ahora sus cartas para evitar pérdidas a toda costa. La realidad a la que se enfrentan las entidades financieras y el sector del ladrillo es la misma: pisos que se van acumulando sin comprador a la vista y que paralizan la construcción de nuevas promociones a la vez que dejan un lastre en las oficinas bancarias en forma de impagos y embargos. El problema alcanza dimensiones mayores cuando las promotoras tiran la toalla antes de terminar un proyecto de edificación y los pisos terminan en manos del banco. En el momento en el que comenzó a ocurrir esto se formaron dos bolsas paralelas de viviendas en stock: la de las promotoras y la de los bancos. Y a partir de aquí es cuando empieza la guerra.
Los bancos se están viendo obligados a dar salida a esas promociones a medio terminar y, por ello, recurren a constructoras que les finalicen los trabajos para luego ofrecer a los clientes un atractivo paquete: financiación (a veces hasta del 100%) si compran un piso de su bolsa de viviendas. Es decir, quieren dar salida a su excedente y lo hacen concediendo una mayor facilidad a la hora de conceder una hipoteca siempre y cuando se trate de un piso de su propiedad. Este negocio, más propio de un promotor que de un banco, está haciendo clamar al sector de la promoción inmobiliaria y ya se habla incluso de «competencia desleal».
Una tendencia al alza
El coordinador del Instituto Andaluz de Estudios Financieros (IAEF), Ángel Yagüe, explica que la banca empezó a ejercer de promotor desde el inicio de la crisis del ladrillo, pero que fue a partir de 2010 cuando este comportamiento empezó a ser «más agresivo» pasando a intensificase aún más el pasado año. Yagüe apoya la teoría de la competencia desleal argumentando que «esto imposibilita a los promotoras privadas a sacar sus viviendas, ya que los bancos emplean su capacidad financiera para sacar ofertas imposibles de igualar». Sin embargo, este experto en finanzas reconoce que es el «último cartucho» que le queda a las oficinas bancarias porque «¿qué van a hacer con un piso a medio construir? Otra solución sería venderlo sin terminar, pero eso no tiene mucha demanda y además tendrían que reducir demasiado el precio».
Esta idea es justo la que defienden los bancos. Un director de una de las oficinas bancarias con más stockaje de vivienda en Cádiz declara que «los bancos no tienen ningún interés en quedarse con viviendas. El primer objetivo es salvar al promotor y si este abandona hay que dar salida a esos edificios. Pero lo que sí está claro es que si se venden pisos no es por un afán de enriquecerse sino para quitarse esa carga que, además, supone un coste muy elevado». Por su parte, otro dirigente bancario añade que «no es competencia desleal, sino simplemente la ley de la oferta y la demanda. Es una necesidad que tiene el banco y una cuestión de rentabilidad, por eso a veces conviene poner dinero para terminar las construcciones que han quedado colgadas para poder colocarlas luego en el mercado».
Esta función que han asumido los bancos puede ser interpretada como un impulso a la industria constructora, pero también como un freno para las promotoras, un sector ya de por sí muy castigado por la situación económica. Para la patronal de la construcción no se entiende esta tendencia como un apoyo, pero tampoco como un impedimento. El presidente de la Federación de Empresas de la Construcción y la Promoción Inmobiliaria, Emilio Corbacho, justifica esta teoría: «es obligación de los bancos vender sus viviendas, es decir, las que ha llegado a su poder tras una resolución de contrato, al igual que a los promotores nos interesa sacar a la venta nuestra bolsa de excedentes». Para Corbacho, las promociones que no están terminadas de construir «realmente no forman parte del llamado stockaje», por ello, «nos viene bien que los bancos terminen las obras si recurren a constructoras e invierten en ellas». Sin embargo, no comparte la función de promotores inmobiliarios que ha asumido el sector bancario: «la labor del banco es conceder créditos no vender pisos».
Esta situación probablemente sea algo circunstancial, propiciada por los tiempos que corren, pero los pisos en stock están alcanzado actualmente cifras tan elevadas que se puede llegar a pensar que los banqueros ya se están frotando las manos. Algo que desmienten tajantemente: «es simplemente la mejor forma de reducir pérdidas, pero no de sacar tajada. Es una función que no nos corresponde hacer y a la que nos estamos viendo obligados, pero solo como algo temporal». En la provincia hay acumuladas un total de 17.080 viviendas sin vender desde hace dos años, muchas de ellas se han quedado a medias y no se han terminado de construir, mientras otras están listas a la espera de un comprador.
Artículo visto en lavozdigital.es

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